El cementerio municipal de San Roque, conocido popularmente como el cementerio viejo de Alcalá de Henares, es el lugar donde el hermano Alejandro Rodríguez Pérez lleva más de dos décadas prestando asistencia religiosa a las familias de los difuntos. Este fraile franciscano de 83 años acude desde 2003 a rezar responsos a pie de sepultura, una labor que afronta con alegría, humildad y una profunda confianza en la misericordia de Dios como nos cuenta la Diócesis de Alcalá.
«Yo no rezo ni a las cenizas ni a los ataúdes», explica el religioso al describir el sentido de su trabajo. Su cometido, señala, es pedir al Señor que acoja el alma de la persona fallecida y acompañar a sus familiares en un momento especialmente difícil.
El obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares le encomendó este servicio en 2003. Desde entonces, el hermano Alejandro acude al cementerio cuando las funerarias le avisan de que una familia desea recibir asistencia espiritual. Allí, vestido con su hábito franciscano y con los textos de los responsos preparados, ofrece sus oraciones siempre con el permiso de los familiares.
De la carpintería a la vida franciscana
Natural de Carrizosa, en Ciudad Real, Alejandro comenzó a trabajar en la madera a los once años junto a su hermano, que le enseñó el oficio de carpintero. No tuvo oportunidad de estudiar y, según recuerda, tampoco conocía qué significaba ser fraile cuando el sacerdote de su pueblo le presentó a un religioso franciscano.
Su vocación tomó forma en 1962, cuando ingresó como hermano lego en la comunidad franciscana de Pastrana, en Guadalajara. Allí permaneció durante 17 o 18 años, antes de ser destinado a Arenas de San Pedro, en Ávila. Durante décadas, la carpintería fue su principal ocupación: fabricaba puertas, ventanas, sillas y mesas, en una época en la que, como él mismo recuerda, los religiosos debían saber hacer un poco de todo.
A principios del siglo XXI dejó de trabajar la madera con la llegada de las máquinas y, desde hace más de veinte años, reside en Alcalá de Henares. Forma parte de la comunidad franciscana de la parroquia de San Francisco de Asís, donde realiza distintas tareas de atención, desde la portería y la sacristía hasta la atención telefónica.
A esas funciones suma su servicio en el cementerio de San Roque, un lugar que conoce bien y por el que se mueve con familiaridad. Entre sus rincones favoritos están la capilla, presidida por una imagen de la Virgen del Carmen, y las sepulturas de personas a las que recuerda con especial afecto, como el padre Manuel Palero, a quien define como un «santo varón».


«El dolor de perder a un ser querido no se olvida»
La alegría que caracteriza al hermano Alejandro no le impide reconocer que su trabajo también tiene momentos dolorosos. Especialmente cuando debe acompañar a las familias que han perdido a un niño o a una persona joven. En esas circunstancias, admite que también se emociona y llora.
Su cercanía con quienes atraviesan un duelo nace, en parte, de una experiencia personal que todavía le acompaña. La primera vez que regresó a su pueblo vestido con el hábito franciscano fue para asistir al entierro de su madre, que murió en un accidente cuando un avión que volaba bajo asustó a la mula que tiraba del carro en el que ella se encontraba.
«Ese dolor a mí no se me va», confiesa. Una pérdida que le permite comprender el sufrimiento de las familias a las que acompaña y que recuerda con especial intensidad al hablar de la muerte y de la esperanza cristiana.
Para el franciscano, morir significa «cambiar de vida». Su reflexión no se centra en el miedo, sino en la necesidad de obrar bien durante el tiempo que permanezca en este mundo y confiar en la misericordia divina. «El bien se puede hacer en cualquier momento, en todo momento. Y el bien que puedas hacer y el mal que puedas evitar te valga para la vida eterna», afirma.
También bromea sobre su edad y la falta de vocaciones religiosas. Con 83 años, pide a Dios que le permita seguir trabajando y que envíe nuevos religiosos a una comunidad en la que cada vez son menos. «Señor, no me lleves pronto, que te quedas sin obreros», dice con humor.
Una campana para llamar a la oración en Todos los Santos
La llegada del 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, y del día siguiente, dedicado a los fieles difuntos, convierte el cementerio en un lugar especialmente concurrido. En esas fechas, numerosas familias visitan las sepulturas de sus seres queridos para recordarles y rezar por ellos.
El hermano Alejandro participa en la preparación de la celebración religiosa que tiene lugar en el cementerio. El 1 de noviembre de 2026, el obispo de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena, presidirá la Eucaristía en la explanada situada delante de la capilla.
Como en ocasiones anteriores, el fraile colaborará haciendo sonar la campana de la capilla para llamar a la oración y al recogimiento antes de la misa. Lo cuenta con su habitual sentido del humor: cuando habla de su propio instrumento de cuerda, se refiere a la cuerda que utiliza para tocar la campana.
En el cementerio, Alejandro también mantiene una relación cercana con quienes trabajan allí, como los empleados y la mujer que vende flores junto a la entrada. Si dispone de tiempo, incluso se acerca a tomar un café en el espacio reservado para los jubilados.
Tras más de dos décadas de servicio, el hermano Alejandro sigue encontrando sentido a su presencia entre tumbas y cipreses. No acude a rezar a los restos materiales, insiste, sino a encomendar a Dios a quienes han fallecido y acompañar a quienes permanecen.
Su despedida habitual resume esa misión: encomendar al Señor el alma de los difuntos. Una labor discreta que, desde 2003, mantiene viva en el cementerio viejo de Alcalá de Henares, con la convicción de que la oración y el bien pueden ofrecer consuelo en cualquier momento.
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