El artículo publicado en la revista Nature Communications ofrece una nueva explicación sobre el prolongado declive de los megaherbívoros africanos, animales de más de una tonelada que desempeñan un papel fundamental como ingenieros de los ecosistemas. En el estudio colaboran investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), Juan L. Cantalapiedra y Oscar Sanisidro miembros del grupo de investigación Ecología del Cambio Global y Evolución de la Universidad de Alcalá, entre otras instituciones españolas y europeas.
El trabajo titulado «Lower speciation, not higher extinction, drove African megaherbivore diversity collapse | Nature Communications«, se demuestra que la pérdida de diversidad de los grandes herbívoros africanos no se debió a que fueran más vulnerables a la extinción, como se había propuesto tradicionalmente, sino que el factor principal que propició su declive fueron unas tasas de especiación (la aparición de nuevas especies) especialmente bajas.
Para alcanzar esta conclusión, el equipo ha reconstruido las dinámicas evolutivas de los ungulados africanos durante los últimos 23 millones de años (Ma.) mediante el análisis de 3.327 registros fósiles correspondientes a 396 especies. El modelo ha incorporado información sobre la masa corporal, la altura de las coronas dentales, las relaciones evolutivas entre las familias y los cambios ambientales experimentados por el continente.
Un ecosistema cada vez más árido
Hace unos 7,2 millones de años, el clima de África empezó a volverse más seco, lo que produjo cambios en los paisajes y en los tipos de vegetación que llevaron a una reconfiguración de las comunidades de ungulados. Al principio de esta fase aumentó tanto la aparición de nuevas especies como la desaparición de otras.

Sin embargo, hace 3,6 millones de años dejaron de surgir especies nuevas al mismo ritmo, mientras que las extinciones siguieron creciendo y se aceleraron al comienzo del Pleistoceno, hace 2,58 millones de años.
“Hemos comprobado que, al contrario de lo que se pensaba, las especies de mayor tamaño no se extinguieron más deprisa que las pequeñas. De hecho, sus tasas de extinción fueron algo menores. La clave es que las especies de megaherbívoros originaban nuevas especies con mucha más lentitud”, explica Cantalapiedra, también investigador del MNCN Juan López Cantalapiedra. En los momentos de máxima aridez, los animales de menos de 45 kilogramos se extinguían solo un 15 % más rápido que los de más de una tonelada, pero generaban nuevas especies a un ritmo 2,2 veces superior.
“Esta diferencia permitió a los herbívoros pequeños y medianos compensar mejor las pérdidas. En cambio, los grandes linajes fueron perdiendo diversidad porque no aparecían suficientes especies nuevas para sustituir a las que desaparecían. Esto unido a la aridificación agravó este desequilibrio: favoreció la aparición de nuevas especies entre los ungulados de menor tamaño y la redujo cerca de un 20% entre los megaherbívoros”, matiza Sanisidro.
“La expansión de ambientes abiertos, el aumento de la aridez y la reducción de la productividad de los ecosistemas transformaron las comunidades africanas durante millones de años. Nuestros resultados apuntan a que, aunque la actividad humana pudo contribuir a algunas desapariciones recientes, no fue la causa principal de la pérdida generalizada de estos grandes herbívoros”, concluye Ignacio A. Lazagabaster, desde el CENIEH.
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