El pasado domingo, 19 de julio, cumpliendo con una centenaria y entrañable tradición, la Cofradía de las Santas Justa y Rufina de Alcalá de Henares celebró su misa anual en honor de sus titulares, dos mártires sevillanas del siglo III y patronas de los alfareros.
Esta antigua hermandad, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII, está integrada por los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de los antiguos alfareros de la ciudad, custodios de un legado artesanal que forma parte de la identidad histórica complutense.
Al término de la Eucaristía, presidida por el salesiano P. Nicolás Calvo en la parroquia de San José, tuvo lugar el tradicional traspaso del cetro y del estandarte del hermano mayor saliente al entrante. En esta ocasión, Pedro Garrido Martínez hizo entrega de ambos símbolos a María Lozano López, quien estuvo representada por su madre, Noelia López Guillén.
Posteriormente, los cofrades celebraron su junta general en un restaurante próximo, donde se procedió al cobro de las cuotas anuales y se compartió un ágape fraterno.
Hermandad de las Santas Justa y Rufina
En la actualidad, la cofradía está formada por cincuenta y seis hermanos pertenecientes a algunas de las familias de mayor tradición alfarera de Alcalá, entre ellas los Blas, los Guillén, los Vivas y los Sáez, cuyos apellidos evocan siglos de dedicación a este oficio.
La extraordinaria calidad de la arcilla alcalaína, apreciada por su pureza y plasticidad, convirtió durante siglos a los cerros situados junto al río Henares en una valiosa fuente de materia prima. Era tan excelente esta tierra que hasta Alcalá se desplazaban los alfareros de Campo Real para mezclarla con la suya y mejorar así la calidad de sus piezas.
Con ella modelaban en sus tornos cántaros, barreños, escudillas, jarras, botijos, tiestos, huchas, cangilones de noria, tubos sifónicos, caños, caperuzas de chimenea, campanillas de San Isidro y un sinfín de utensilios indispensables para la vida doméstica de la sociedad preindustrial.
Tras un tiempo de secado al sol, las piezas adquirían su resistencia definitiva en los hornos de estilo árabe. Aquellos objetos, concebidos entonces para el uso cotidiano, son hoy, debido a su escasez, piezas muy apreciadas por coleccionistas y amantes de la cerámica tradicional.
Aunque la irrupción del plástico y el crecimiento urbano provocaron, hace ya más de medio siglo, el cierre de los tres últimos alfares de Alcalá -uno en la calle Vaqueras y dos en la calle Don Juan I-, sus descendientes continúan reuniéndose cada año para honrar a sus patronas y preservar el recuerdo de quienes hicieron del barro un modo de vida. Gracias a esta fidelidad a sus raíces, la memoria de la alfarería permanece viva en el corazón de sus descendientes.
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