Hay lugares donde la literatura adquiere un sentido distinto. Donde las palabras no solo se leen, sino que se ofrecen.
Así ocurrió en el histórico Panteón de Santa Paula de la ciudad de Guanajuato en México, donde el gestor cultural y profesor de la Universidad de Guanajuato, Jesús Antonio Borja Pérez, realizó la lectura del capítulo uno de Don Quijote de La Mancha entre lápidas, historia y memoria.
25 años sembrando la lectura
No es un hecho aislado. Borja lleva 25 años promoviendo el hábito de la lectura sin fines de lucro, convencido de que los libros son una herramienta de transformación social y un puente entre generaciones.
A lo largo de este tiempo ha llevado la palabra escrita a escuelas, plazas, mercados, centros culturales y espacios públicos, siempre con una idea clara: la lectura debe salir al encuentro de las personas.
El panteón no es un escenario nuevo en su trayectoria; ya antes había leído entre sus muros, pero esta vez era diferente. Es la primera vez que el Quijote se escucha entre las lápidas
En esta ocasión, por primera vez, eligió el capítulo uno del Quijote para dirigirlo simbólicamente a quienes han sido sepultados en Santa Paula.
El gesto, sencillo, pero profundamente significativo, convierte la lectura en un acto de memoria. Leer en voz alta en un camposanto es afirmar que nadie desaparece del todo mientras existan los recuerdos.


Las palabras de Cervantes
Resonaron entre pasillos y nichos como una forma de compañía silenciosa. Como un mensaje que atraviesa el tiempo.
Una forma de decir ‘no los olvidamos’. La lectura tuvo una intención clara: agradecer a quienes vivieron antes.
A quienes construyeron la ciudad que las nuevas generaciones disfrutan. A quienes hicieron posible el Guanajuato cultural que presume su identidad cervantina.
“Es mi manera de decirles que no los olvidamos”, resume Borja.
El Quijote, obra universal y profundamente humana, se convirtió así en un puente entre generaciones. Entre pasado y presente. Entre memoria y gratitud.
Cultura como acto de justicia
El Panteón de Santa Paula, cargado de historia y simbolismo en Guanajuato, fue escenario de un acto que trasciende lo literario.
Porque no se trató únicamente de leer. Se trató de recordar, de agradecer, de reconocer que la ciudad que hoy camina entre callejones y plazas se sostiene sobre la vida de quienes la habitaron antes.
Y quizá, como el propio Don Quijote, estos gestos parecen discretos, incluso silenciosos, pero están hechos de una convicción profunda: Que la cultura es memoria. Que la lectura es resistencia. Y que agradecer también es una forma de justicia.
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