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Cervantes, el espía 007 español al servicio de su majestad

Conocemos al Cervantes soldado y por supuesto al Príncipe de los Ingenios. Sabemos que nació y pasó sus primeros años en Alcalá de Henares para después marchar a Madrid y Valladolid y trabajar en Sevilla como recaudador de impuestos, donde aseguran comenzó a escribir El Quijote. Fue mandado preso en la capital hispalense y tras una de sus campañas militares pasó cinco años en una celda de Argel.

Pero fuera de esos pasajes, los 69 años de vida del Príncipe de los Ingenios dieron para mucho. Hay paréntesis en la biografía de Cervantes donde desconocemos que hizo más allá del arcabuz y la pluma. Algunos historiadores apuntan que esos oscuros momentos de su historia son forzados por el propio Don Miguel para ocultar su condición de espía al servicio de su majestad.

En tiempos de Felipe II no se usaba el término espía y preferían llamar a esos agentes de inteligencia ‘embajadores y diplomáticos’. Eso sí, como unos auténticos 007, tenían permiso para matar además de planear sobornos y poner en marcha conspiraciones. Uno de los captadores de ‘Lobos’ más importantes de la corona española era el secretario real Mateo Vázquez quien se fijó en Miguel de Cervantes por su formación militar y pericia con las armas.

Está probado que poco después de su cautiverio en Argel, en mayo de 1581, el ya conocido como manco de Lepanto partió hacia Orán en una misión de espionaje. De allí viajó hasta Mostagamen para lograr información que daría a la corona y que posteriormente acabó con la derrota del invencible almirante turco Uluch Alí.

Por aquel ‘trabajo diplomático’ Cervantes se embolsó 110 ducados, una cantidad importante para la época teniendo en cuenta, por ejemplo, que su rescate ascendió a 500 ducados porque los captores pensaron que era un gran hombre de estado al portar cartas de recomendación de Don Juan de Austria y y el Duque de Sessa cuando lo apresaron (la liberación de un preso convencional no ascendía a más de 85 ducados).

Dicen que El Príncipe de los Ingenios le cogió el gusto a eso de ser espía y que se dirigió de nuevo a Felipe II para embarcarse en nuevas ‘misiones diplomáticas’ aunque sus plegarias no fueron escuchadas y nunca más volvería a trabajar en los servicios secretos reales.

Sin embargo, la historia marca otros tres oscuros viajes de Cervantes a Italia, Lisboa y Argel donde no tenía nada que hacer que no fuera espiar para la corona española.

Fuese una sola misión o fuesen cuatro, Cervantes colgó el traje de espía y se puso el de autor teatral y de novela para años después escribir la obra cumbre de la literatura universal.

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